(Los Proscritos Y Los Desterrados 01) El Fuego De La Bruja by James Clemens

(Los Proscritos Y Los Desterrados 01) El Fuego De La Bruja by James Clemens

Author:James Clemens
Language: es
Format: mobi
Tags: sf_fantasy
Published: 2010-02-11T00:00:00+00:00


23

El cansancio había vencido por fin a Rockingham que, con la almohada apretada contra los oídos, se sumía en sueños intermitentes. Soñaba que se encontraba en el borde de un acantilado que se alzaba sobre un oleaje oscuro y agitado. Mientras contemplaba cómo las crestas blancas de las olas rompían contra las rocas negras que tenía a los pies, intuyó que estaba soñando. El horizonte estaba teñido de nubes y lluvia, mientras a lo lejos en el mar se preparaba una tormenta. Como ocurre a menudo en los sueños, el momento del día no estaba claro; la calidad de la luz sugería un cambio inminente. Pero no estaba seguro de si la luz iba a aumentar, como a primeras horas de la mañana, o a disminuir, como ocurre en el atardecer. De lo único que estaba seguro era de que conocía aquel lugar. Había estado allí antes. Recordaba el olor a sal y la brisa en el rostro. Era el peñasco de Dev'unberry, que se encontraba en la costa de su isla natal.

Una sonrisa asomó en su rostro. Hacía muchos años que había estado por última vez en Archipiélago. Incluso aquella fantasía nocturna le resultaba bienvenida. Inspiró profundamente. Si forzaba un poco la vista... sí, la Isla de Maunsk se distinguía a lo lejos, casi oculta por unas nubes amenazadoras.

De repente, mientras contemplaba la isla vecina, una sensación de pavor le encogió el corazón. Se volvió rápidamente sobre un hombro, como si esperara que un ser temible fuera a atacarlo de pronto, pero las colinas verdes redondeadas estaban desiertas.

¿Qué era lo que agitaba su corazón? Aquél era su hogar. ¿Qué podía temer? Contempló la vista que se extendía desde los acantilados. La inmensidad del océano, el viento y la lluvia le resultaban extrañamente familiares, eran más que un simple recuerdo de su hogar. Aquella imagen precisa de la isla distante desapareciendo entre las nubes, el estrépito del agua revuelta a sus pies, el azote de la espuma en la cara... no sólo había estado allí antes, había estado allí en ese preciso instante. Pero ¿cuándo?

Intentó organizar sus pensamientos, pero un pánico creciente se apoderó de él. Sintió la repentina necesidad de huir. Pero antes de poder hacerlo, los pies se le empezaron a mover contra su voluntad, y no para conducirlo a un lugar seguro, sino para llevarlo al borde del precipicio. Como ocurre en muchos sueños, no podía detenerse. Parecía como si el cuerpo no fuera capaz de parar los pies mientras éstos avanzaban. Mientras se debatía, el pie derecho se adelantó en el espacio abierto.

Entonces se acordó. No sólo había estado allí antes, sino que había hecho lo mismo. Sintió un dolor inmenso que se le escapó del pecho en forma de grito cuando su cuerpo se desplomó por el acantilado.

—¡Linora!

Mientras las rocas bañadas por el agua se acercaban cada vez más al rostro, en su cabeza resonaron unas palabras con una voz que le resultaba fría y familiar y que tenía cierto aire siniestro. Era la voz de Dis-marum que le decía:

—No te preocupes, Rockingham.



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